Que calmamos las prisas, que jodimos las esperas.
Huimos sin promesas, sin ataduras, con la piel ardiendo y el corazón frío.
Esa forma de llevar las cosas para que salgan bien, esa complicidad que arrincona el miedo, haciendolo inexistente, porque como siempre he comprobado
-si nada comienza, nada termina-
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