Tenemos que presuponernos libres para actuar libres.
Mi corazón, no es de nadie, no tiene propietario más que acompañarme cada día. Puedo compartir momentos, puedo dejar que te acerques hasta ciertos límites que parezca que, pierde su libertad.
Pero una vez me lo quitaron. Se quedó sin pulso, a las puertas del cielo, cuando más latía, entonces comprendí que dónde mejor se encontraba era guardado, entre los cajones y las fotos que pertenecieron a mi pasado.
Para mí querer se convirtió en no poder. Cambié los límites de lo posible para convertirlos en quizás, en probables, y, acorté distancias conmigo, hasta tal punto que dejé de conocerme a mí misma.
A veces, creo que sigue guardado, que sigue conmigo, que sigo siendo la única capaz de hacerlo libre, o atarlo con cadenas de nuevo al pecho.
Por eso, cada vez que sentía que se escapaba, lo agarraba con más fuerza, y, salía corriendo.
Tal vez, decisión de cobardes, de personas que por no arriesgar a sentir lo que de verdad es amor, eso que parece ilusión de locos, se encierran en la idea de que no aferrarse a nadie, es la mejor forma de no tener nada que perder.
Me asusto. Tengo el cuerpo lleno de miedos, la mente de dudas, pero esta vez mis piernas se quedan en el suelo, no me ganan los impulsos de salir corriendo.
Tanto tiempo pensando que huir era la única salida, que, ahora quedarme me resulta tan extraño..
Al fin y al cabo, creo que me encuentro bastante cómoda con la máquina del pulso en el cajón, y la sonrisa que me acompaña iluminándome los días. Puede que no lo entendáis, que ni si quiera yo a veces lo entienda, pero nunca he caracterizado mi vida con cosas claras. Y, creo que tampoco nunca, he estado como estoy ahora.
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