Si hubieras visto aquella tarde cómo todo había cambiado.
Parecían más intensas las palabras, más efímero el silencio, más eternas nuestras ganas.
-Quédate-, y qué casualidad, no quedaba champán para dos, no había más que el temor
de que al champán, ya no le acompañaran fresas, de que al gemido no le siguiese una sonrisa,
o de que la mañana, repleta de claros de luz, no lo estuviese también de besos.
Volvió a pensar, cerró los ojos, y ese -Quédate- le sonó mucho más reconfortante que cualquier mariconada que pudiera salir de su boca.
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