Ni un sólo centímetro de tu cuerpo había cambiado desde la última vez.
Tal vez, había menos ganas
la vida era mucho más pasajera,
y dejábamos pasajes y paisajes, nosotros, para otros.
Yo había sobrevivido a varios saltos al vacío,
seguía con mis manías, y mis letras que reiniciaban en mi conciencia
todo lo que había hecho anteriormente, como siempre,
era ese instinto suicida que nunca me deja apartarme del pasado.
Quizá, eso me ayudo a volver a tí, y no sean tan malas las cicatrices.
El caso, es que tú seguías con tus curvas
tus vértigos,
tus asaltos a boca armada cuando menos lo esperaba.
Y eso me ha desquiciado siempre un poco.
El caso, es que el otro día desperté, con más
de un pájaro en la cabeza, metafóricamente hablando
y la silueta que baja desde tu cuello hasta, bueno hasta dónde se censuran las palabras
y dejé de censurarme a mí misma.
Y algo había cambiado, desde hace un tiempo. No se exactamente qué, pero
yo ya no veía lo mismo, ni de la misma forma.
Solo que me asusta, que ese cambio, no sea malo, como lo fue
en los 7281930 casos diagnosticados de lepra sentimental anteriores, y el resto que no llegué a diagnosticar.
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